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Los saudíes sin salidas
Arabia Saudí llevaba meses anunciando una ofensiva contra los hutíes, fantaseaba incluso con recuperar el puerto de Hodeida y la capital, Saná. La sorpresa ha llegado del lado contrario. En unos pocos días las columnas hutíes han bajado por la costa occidental yemení, han tomado la ciudad de Moka y en solo unas horas se han hecho con Perim, un islote que que divide en dos el estrecho de Bab el-Mandeb. En 48 horas se hicieron además con el archipiélago de Hanish y el distrito de Dhubab.
La geografía explica por qué importa este movimiento. Bab el-Mandeb es la contraparte de Ormuz, mide solo 20 kilómetros en su punto más angosto y por él pasaron durante el segundo trimestre del año más de 8 millones de barriles diarios de crudo y en torno al 12% del comercio mundial de todo tipo de mercancías. Quien se instala en Perim no necesita hundir barcos, le basta con recordar que puede hacerlo. El problema añadido es que el mar Rojo se había convertido en una válvula de escape para saudíes y emiratíes desde que la guerra entre Estados Unidos e Irán cerró el estrecho de Ormuz. Ahora Irán y su red de milicias aliadas controlan los dos cuellos de botella de forma simultánea.
El origen de este problema se remonta a 2014, cuando los fundamentalistas de Ansar Alá salieron de las montañas del norte de Yemen y tomaron su capital. Al año siguiente una coalición árabe encabezada por los saudíes intervino sin conseguir doblegarles. La tregua de 2022 congeló los frentes pero nadie se desarmó. Hace dos meses los saudíes bombardearon el aeropuerto de Saná para evitar que llegasen material y refuerzos desde Irán, pero los hutíes no se quedaron con los brazos cruzados, respondieron con un bloqueo marítimo, misiles sobre ciudades saudíes y, por último, esta ofensiva relámpago que les ha permitido adueñarse del estrecho.
La coalición antihutí es un mosaico de integristas islámicos, separatistas del sur del país y milicias tribales, un mosaico muy dividido desde que los saudíes forzaron la retirada emiratí en diciembre. Muchos han huido, los mandos se acusaron mutuamente de traición y algunos combatientes han llegado a vender sus armas. A eso se suma que los hutíes, dueños de la red de telefonía móvil del país, interceptan las comunicaciones enemigas y pueden dirigirse directamente a sus adversario para pedirles que se rindan.
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