
← YslaMac21 juil. · 18 min
7 tecnologías que nuestros hijos nunca llegarán a conocer
Vivimos en una época en la que la tecnología avanza a un ritmo vertiginoso. Cada año aparecen nuevos móviles, ordenadores más potentes, inteligencia artificial capaz de mantener conversaciones y dispositivos que hace apenas una década parecían sacados de una película de ciencia ficción.
Sin embargo, quienes hoy rondamos los cuarenta, cincuenta o sesenta años hemos tenido el privilegio de vivir una transición única en la historia. Hemos conocido un mundo completamente analógico y hemos sido testigos de la revolución digital. Hemos pasado de esperar varios minutos para conectarnos a Internet a llevar en el bolsillo una conexión permanente con todo el planeta.
Nuestros hijos, o las generaciones más jóvenes, probablemente nunca entenderán cómo era convivir con aquella tecnología. No porque fuera mejor, sino porque el progreso ha hecho que muchas de esas experiencias desaparezcan para siempre.
1. Cuando Internet hacía ruido
Hoy basta con sacar el móvil del bolsillo para consultar cualquier información, enviar un mensaje o ver una película en streaming. La conexión es inmediata y casi siempre damos por hecho que estará disponible.
Pero hubo una época en la que conectarse a Internet era todo un ritual.
Los módems de 56K emitían una serie de pitidos y chirridos inconfundibles mientras intentaban establecer la conexión. Durante ese proceso nadie podía utilizar el teléfono fijo, ya que ambos compartían la misma línea. Si alguien descolgaba el auricular, la conexión se interrumpía y tocaba empezar de nuevo.
Además, las velocidades eran tan reducidas que cargar una simple fotografía podía llevar varios segundos, incluso minutos. Aun así, aquello nos parecía increíble. Por primera vez podíamos acceder a información de cualquier parte del mundo sin salir de casa.
2. La fotografía era un ejercicio de paciencia
Actualmente hacemos decenas de fotografías sin pensarlo demasiado. Si una no nos gusta, simplemente la borramos y repetimos la toma.
Con los carretes fotográficos todo era distinto.
Cada fotografía contaba. Los carretes permitían hacer 24 o 36 imágenes, así que nadie disparaba sin pensar. Después había que llevar el carrete a revelar y esperar varios días para descubrir el resultado.