
← kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago19 mei · 19 min
#271 Sangre en la calle: comunicación y arte secuencial
📝 Notas y enlaces del capítulo aquí: https://www.jaimerodriguezdesantiago.com/kaizen/271-sangre-en-el-canalon-comunicacion-y-arte-secuencial/
Weimar, 1831.
Johann Wolfgang von Goethe tiene 81 años. Le queda poco más de un año de vida, aunque él no lo sabe todavía. Es uno de los escritores más respetados de Europa. Una figura tan colosal que cuando muera, según cuenta la leyenda, sus últimas palabras serán "mehr Licht", más luz. La gente de su talla tiene hasta despedidas épicas.
En esos últimos años de vida, cada semana, asistentes y secretarios filtran la enorme pila de cartas y manuscritos que recibe. La mayoría nunca llegan a sus manos.
Pero un día llega algo diferente. No viene de ningún académico de renombre. El remitente es un maestro de escuela suizo completamente desconocido llamado Rodolphe Töpffer. El paquete contiene unas cuantas hojas dibujadas a mano: personajes caricaturizados, escenas distribuidas en viñetas de distintos tamaños, texto garabateado bajo cada imagen. No es una novela. No es un cuadro. No es un poema. Ni siquiera está claro que sea algo que tenga nombre, por aquel entonces.
Goethe lo hojea.
Y después lo vuelve a hojear.
Y repite. No puede parar.
El cuatro de enero de ese mismo año le escribe una carta de respuesta. Dice que Töpffer "brilla de talento y espíritu." Que "algunas de sus páginas no pueden superarse." Y que es el único talento que conoce que sea tan verdaderamente original.
Goethe, que a sus 81 años podría estar perfectamente pensando en su legado, en el Fausto, en los libros que aún quiere escribir, dedica tiempo y energía a insistirle a ese maestro desconocido que publique sus historietas con urgencia.
¿Qué había visto Goethe en aquellas hojas que no veía nadie más?
Töpffer tampoco lo entendía del todo. Aquellos dibujitos eran algo que hacía desde hacía unos años para entretener a sus alumnos en Ginebra. Los trazaba con pluma y tinta, los cosía como libretitas y los pasaba de mano en mano entre conocidos. Tenía problemas de visión que le habían impedido dedicarse a la pintura de verdad, así que aquel estilo caricaturesco era más una limitación que una elección artística. A él le parecía una tontería sin demasiada trascendencia.