La ContraHistoria

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El éxodo

El éxodo1 Oct1 h 29 min

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A mediados de los años 50 Cecil B. DeMille estrenó “Los diez mandamientos” con Charlton Heston en el papel de Moisés. Aquel espectáculo cinematográfico convirtió la salida de los israelitas de Egipto en uno de los mayores éxitos de la historia del cine. La película ofrecía certezas que los historiadores y los arqueólogos nunca han compartido. Tras muchas décadas de excavaciones en Egipto y el Sinaí no ha aparecido rastro alguno de un pueblo tan numeroso vagando durante 40 años por el desierto. Las crónicas egipcias, muy puntillosas para casi todo, no recogen ni las plagas, ni una fuga masiva de esclavos en esa época.

Eso no significa que el relato surgiera de la nada. Durante siglos Egipto y Canaán mantuvieron contacto continuo. Los pastores semitas bajaban al delta en tiempos de sequía, los hicsos llegaron incluso a gobernar el norte del país. Tras su expulsión los faraones convirtieron Canaán en una provincia vasalla. Es verosímil que un grupo pequeño, el clan de los B’nei Israel, trabajase en las grandes obras de Ramsés II y que regresase al desierto siguiendo a un caudillo con nombre egipcio. A finales del siglo XIII a.C ese clan ya estaba asentado en las montañas de Samaria, como atestigua una estela del faraón Merneptah.

La memoria de aquella salida se transmitió de viva voz durante generaciones y se puso por escrito en tiempos de Salomón, cuando Israel era ya un reino unificado que necesitaba un mito fundacional. Fue entonces cuando las doce tribus pasaron a compartir una esclavitud y una liberación comunes. Los redactores del Pentateuco situaron la acción en la geografía de su propia época, por eso el relato está salpicado de anacronismos como la mención a los filisteos, que se instalaron en la costa después del supuesto éxodo.

Aun así, quien escribió aquellas páginas conocía bien el terreno. El rodeo para esquivar los fortines fronterizos egipcios era una vía de escape habitual, un papiro de la época habla de la persecución de dos esclavos fugados por esa misma zona. El Mar de las cañas no sería el mar Rojo, sino alguna de las lagunas salobres de la costa del Sinaí, cuyas costras de sal y fango se tragaban a los hombres y a sus animales. Los pozos amargos y los oasis del itinerario seguramente